Opinión

Autor: Maryclen Stelling

04:11 pm
15
Jun
2015

El barraganato entre medios y política nos trae a la memoria una frase que leímos hace algún tiempo, “nada políticamente importante existe si no es a través de los medios de comunicación”.

Es indudable que los medios han transformado el ejercicio de la política, modificado las claves para la construcción del discurso público y, por ende, trastocado la manera en que políticos y políticas se dirigen a la ciudadanía. Es tal la influencia y la relación de dependencia, que se ha creado el término “democracia mediática”. Cuando de la televisión se trata, algunos estudiosos plantean un nuevo estilo de democracia denominada “de las audiencias”, producto del imperio de la sociedad de la imagen que ha penetrado la política. En ese caso, “el líder electrónico no tiene pueblo, tiene público, tiene espectadores”. G. Sartori ha acuñado el término “videopolítica” y denunciado la “desconceptualización” del discurso político, la manipulación de la cultura democrática y la transformación de la política en show business. Quizá ello explique algunas candidaturas surgidas en los últimos comicios, producto del salto desde la industria del espectáculo hacia la política y viceversa.

Esa perversa solución de continuidad entre política y medios indudablemente ha contaminado el discurso político. Tal suerte de claudicación supone el sacrificio de la argumentación en el debate ante la forma en que se presentan las ideas. De allí que prive la inmediatez, la superficialidad, lo simple y lo novedoso, o sea el criollo “tubazo”. En la procura de credibilidad y emotividad “mediática”, se recurre al reduccionismo, a lo anecdótico y a la supuesta eficacia de los ejemplos. Destacan la espectacularidad de los conflictos que conviven con la simplificación de los problemas, de la crisis y hasta de los actores, elementalmente divididos entre buenos y malos. La discusión en torno a cualquier problema se reduce a posiciones enfrentadas que, en el caso venezolano, se limitan dos, Gobierno y oposición. En consecuencia, los temas a tratar se reducen a dos puntos de vista y se tiende a marginar, silenciar o estigmatizar aquellas perspectivas que escapan a la polarización política y argumental.

Los medios usurpan funciones políticas y la política claudica ante el imperio de los medios.

 

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