Opinión

Autor: Carola Chávez

08:47 am
16
Mar
2015

Hace unos años leí un reportaje sobre la “intervención humanitaria” de los EEUU y la Otan en Libia. Allí contaba una mujer, mamá de un niño de tres años, la angustia de tratar inútilmente de proteger a su pequeño de las bombas arropándolo con su cuerpo, a sabiendas de que ello de nada serviría. La mujer se preguntaba por qué les estaba pasando eso. Tenían una vida normal hasta hacía tres días, cuando todo se convirtió en un infierno.

Pocos minutos antes de la invasión a Iraq, los niños aún jugaban en la calle. A pesar de la amenaza nadie quería pensar que la guerra, otra vez la guerra, estaba tan cerca.

Sin ir muy lejos en la historia, y si vamos lejos también, hemos visto, paso por paso, cómo los Estados Unidos tejen su trampa sobre los pueblos del mundo para luego bañarlos en sangre. Primero la “preocupación”, después las denuncias, luego las sanciones y, al final, el bombardeo humanitario.

Morir bombardeado es un final misericordioso. Sobrevivir es ser condenado la pesadilla. Ciudades devastadas, oscuridad, hambre, miedo, coches bombas en los mercados, un día sí y el otro también, milicias de “rebeldes”, los buenos, los aliados, los que pedían libertad, ahora dueños de las calles, como una jauría endemoniada que no atiende sino a su sed de violencia. Enormes marines arrogantes, jugando con la indefensión del pueblo que ellos vinieron a “liberar”, desatando su locura de videojuegos, violando muchachitas, apuntando a niños con sus armas, asesinando familias enteras, desde una azotea, desde un helicóptero, con banda sonora de rock and roll y muertos de la risa; tan orgullosos de su lucha libertaria que publican sus atrocidades en Facebook.

Mientras Mafalda comentaba las noticias del día, Susanita, con una sonrisa de alivio, se desperezaba y decía: “Menos mal que el mundo queda tan lejos”. Susanita viviendo en las nubes de la ignorancia voluntaria. Mafalda, consciente de que el mundo es un pañuelo donde los gringos se soplan los mocos.

El mundo no queda tan lejos. Hoy la “amenaza” somos nosotros y la verdadera, ordinaria y usual amenaza apunta hacia nuestra tierra, hacia nuestros hijos. Podemos ser Mafalda y levantar la voz y defender nuestro derecho a la paz, o puedes ser Susanita y amanecer un día con el arma de un marine apuntándote a la cabeza.

 

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