Opinión

Autor: José Vicente Rangel

09:17 am
23
Mar
2011

1 En política la verdad del discurso está en su conexión con la realidad. Lo demás es retórica. Se percibe en todo cuanto sucede dentro o fuera del país. A lo interno, lo que plantea la oposición muestra el abismo entre lo que dice este sector y lo que sucede. Mientras la oposición afirma que en Venezuela no hay libertad, se multiplican las demostraciones en contrario: cada día es más intenso su ejercicio que, incluso, llega a transitar el atajo de su propia negación, como ocurre con la información tendenciosa que los medios divulgan. Se habla de una dictadura que cercena la democracia, cuando resulta fácil constatar el amplísimo espectro ideológico, partidista y de organizaciones sociales que funciona sin limitaciones legales o de hecho. Otro aspecto del doble discurso opositor es la insistencia en la desaparición de la propiedad, cuando ésta se amplió en el proceso bolivariano hasta romper el anacrónico molde que impedía a la mayoría su disfrute. Desmontar el latifundio; dar en propiedad las tierras urbanas a quienes edificaron en ellas; reivindicar el carácter social de ese derecho conforme a la Constitución, es el mentís más rotundo a semejante especie. Está, además, la basura informativa que promueve la inestabilidad para provocar la ruptura del orden constitucional. Ejemplo: militares cubanos involucrados en la dirección de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, regalo de petróleo a otros países, corrupción galopante, secuestro de los Poderes Públicos y otras versiones miserables que, por cierto, se manejan con la mayor libertad sin que se genere la típica represión de los regímenes dictatoriales.

2 Igual pasa en materia internacional. El Gobierno no puede esperar que la oposición le reconozca aciertos. Pero cuando la oposición desconoce logros en esa área incurre en una torpeza. Sobre todo si se considera que las naciones buscan proyectar hacia el mundo cohesión interna y guardar discreción en cuanto a diferencias se refiere. La oposición incurre, a menudo -con un discurso desconectado de la realidad-, en desaguisados que revierten contra Venezuela y ella misma. Un caso: el silencio ante el plan de Uribe de atacar territorio nacional con el que, tácitamente, hizo causa común. Tan absurda conducta se vuelve contra la oposición. De ahí el calificativo de apátrida que más de uno le endilga. Respecto a Mercosur, su discurso se orienta a impedir la incorporación, no del gobierno de Chávez sino del Estado venezolano. Igual la descalificación de Unasur. O lo que es peor: callando ante los ataques sistemáticos de los EEUU.
¿Cómo queda la oposición con ese discurso? ¿Cuando avala, irresponsablemente, la versión de lo que sucede en Libia, sesgada por las agencias informativas y los gobiernos de las potencias mundiales? No es por nada, pero el contraste entre el discurso y praxis de Chávez y el discurso y praxis de la oposición en esta materia es abismal. Tanto en lo de Mercosur, Unasur, Alba, como en la actitud del uribismo y la de Washington, el discurso del Presidente venezolano es coherente, responde al propósito de darle voz propia a Latinoamérica; de insertarla en la escena mundial con una política soberana, acorde con la evolución que hoy se observa; mientras que el discurso de la oposición es anacrónico y sujeto a la influencia de centros de poder transnacionales. En el caso de Libia es patético. La oposición se traga la basura informativa y las versiones interesadas de funcionarios de la burocracia internacional, las cancillerías comprometidas en la destrucción del Estado libio y la apropiación de su riqueza petrolera y gasífera. El bombardeo mediático que funcionó cuando Bush atacó Irak y provocó uno de los mayores genocidios de la historia, se repite. El guión y el propósito son los mismos. Se habló de miles de muertes por la acción de las fuerzas de Kadafi, de bombardeo a manifestantes y fusilamiento de heridos. En una guerra civil como la que existe, las víctimas sólo son del bando opositor y el armamento pesado del Gobierno, cuando las fotos indican que los rebeldes también lo usan. La actitud de algunos funcionarios de Kadafi, y de aquellos gobiernos que explotaban su amistad sin importarles si era o no dictador, es canallesca. El columnista colombiano Antonio Caballero los califica en Semana de “ratas decentes”, por la forma como abandonan el barco, y elogia el coraje de Chávez que muestra una insólita consecuencia con el amigo y plantea al concierto de naciones lo que la ONU no hizo: el diálogo como alternativa civilizada a la guerra civil y a la agresión que planifican EEUU y la Unión Europea. Entonces, ¿de qué lado está la sindéresis y la racionalidad del discurso? ¿Del lado del Presidente venezolano o de la oposición? La respuesta es obvia.

 

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