Opinión

Autor: Beltrán Haddad

08:53 am
09
Mar
2015

Cada vez que se asoma, aflora o se aborta una conspiración, algunos se preguntan hasta qué punto eso es verdad y, por supuesto, el Gobierno corre el riesgo de quedar como creador de un golpe, de una conjura o de una estratagema oficial. Más grave aún, si están en el campo de la oposición niegan todo y se cuentan sus mentiras ante la realidad y las pruebas, como cuando dijeron: “eso no es un golpe, es un vacío de poder”. Pero yo digo: de que es conspiración es conspiración, con o sin golpe.

En los últimos 15 años el país ha vivido bajo una situación de acoquinamiento, pero no han podido darle esos puntillazos mortales y el tiempo pasa. Venezuela vive cualquier tipo de conspiración o conjuración, como quieran llamarla. En ese sentido la revolución bolivariana ha sufrido golpe de Estado, paro petrolero, sabotajes, asesinatos de sus líderes, guerra económica, guerra mediática y, en lo concreto, el pueblo ha sufrido, como aún sufre, desabastecimiento, acaparamiento y especulación con los alimentos y bienes y servicios de su vida diaria, pero resiste y sigue resistidor porque nació con esa virtud para aguantar, rechazar y combatir. Sin embargo, la resistencia no quita o no exime del delito político o del delito común que a diario se cometen contra el Estado y contra el pueblo.

De nuevo suenan conspiradores, hasta lo reconocen públicamente, y aparecen conspiraciones dirigidas contra la existencia o seguridad del Estado. Desde los tiempos de Roma, con la decapitación o la quema de la estatua del emperador, pasando por los crímenes de lesa majestatis, el delito político ha tenido diferentes formas. Conspirar es una de ellas. La expresión “conspirar” da la idea de acción no cometida, y sin embargo es delito. Por ello, preparar un golpe de Estado es la conspiración misma y el delito se tiene por realizado. Basta el complot para ser delito. Se dice que la mayor dificultad para tener una definición válida del delito político nace del hecho de que esta figura se subordina a la suerte que corra el conspirador en su propósito de tumbar el Gobierno. Si lo tumba es vencedor. En fin, termina siendo un delito para el conspirador derrotado. Por eso en Venezuela algunos grupos opositores quieren hacer oposición jugando a la democracia y al mismo tiempo haciendo la conspiración.

 

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