Opinión

Autor: José Vicente Rangel

10:15 am
11
Jul
2011

1 La tortura y muerte de tres detenidos en un retén policial, así como los sucesos en la cárcel de El Rodeo y la presentación a la Asamblea Nacional del “Anteproyecto de Ley contra el Silencio y el Olvido” por el terrorismo de Estado en los gobiernos de Punto Fijo, actualizan el tema de los derechos humanos. Tema que siempre hay que tener presente en la región. Porque está visto que cualquier descuido en el seguimiento acarrea lamentables consecuencias. La tentación generada por una anticultura del ejercicio del poder, las perversiones sembradas en los cuerpos de seguridad durante largas dictaduras, se disparan en el momento menos pensado. Por tanto, la alerta debe ser permanente. No hay que escatimar esfuerzos para garantizar que la tendencia a degradar la condición humana mediante el ejercicio brutal del principio de autoridad, sea erradicada. Y que además cuente con respuesta oportuna y eficaz.

2 Pero en el tratamiento de tan delicado tema existe el riesgo de la manipulación. A simple vista se observan actitudes contradictorias. Hay quienes manejan, de manera oportunista, la causa de los derechos humanos. Y si bien es cierto que a nadie se le puede negar el derecho a tratar lo que sucede en esta materia -y considero válida cualquier denuncia con debido sustento-, procede reclamar sindéresis. Voy al grano porque las cosas son como son. La violación de los derechos de un detenido por órganos del Estado siempre es condenable. Sea cual sea la motivación. Es por eso que resulta inmoral, por ejemplo, que voceros de alto nivel del gobierno norteamericano, como el secretario de Defensa y el director de la CIA defiendan, con manifiesta complacencia, la tortura de prisioneros para extraer confesiones. En los Manuales de la inefable Escuela de las Américas los cursantes -oficiales de las Fuerzas Armadas de América Latina-, aprendieron a aplicar la tortura en sus países en nombre de la libertad y la democracia.

3 ¿Qué ocurrió en Venezuela? Lo planteo porque con ocasión de hechos acaecidos recientemente, hay quienes pretenden equiparar éstos a los que ocurrieron en el pasado. A partir del principio de que la defensa de los derechos humanos no puede parcelarse, ya que su vulneración es repudiable en cualquier etapa de la vida republicana, sin embargo para la oposición venezolana las violaciones sólo se dan en el proceso bolivariano -o sea: en los últimos 12 años-, y pretende colocar bajo una losa de silencio lo sucedido en las cinco décadas del puntofijismo. Manejar de esta manera el tema es un inmoral escamoteo de la verdad. Equivale, como me dijo alguien con quien conversaba hace poco -y ruego a los lectores perdonarme la crudeza del lenguaje- a “hablar de moral con la bragueta abierta”. Si se dan violaciones de los derechos humanos en el presente, hay que reconocer que éstas no tienen las características de lo que sucedió en los gobiernos de AD y Copei. Y si inmoral es negar hechos que se den ahora, lo es aún más pretender olvidar lo que pasó en aquella época. Porque durante la IV República hubo una política de Estado dirigida a exterminar al adversario político y a sembrar el terror, lo cual no es política de la V República. Asesinatos de dirigentes detenidos como Fabricio Ojeda, Alberto Lovera y Jorge Rodríguez -por sólo citar tres casos- fueron consumados por órdenes del alto gobierno; los innumerables actos de tortura que entonces se dieron, respondían a órdenes directas de las autoridades; la instalación de los Teatros de Operaciones (TO) -El Tocuyo, La Marqueseña, Yumare, Cocollar, Isla del Burro, Cabure, Cachipo y otros-, obedeció a la aplicación de un diseño represivo con el consentimiento de la autoridad; los casi dos mil desaparecidos que hubo sentaron el precedente de la trágica figura de terror, que luego se extendió a otros países y que contó con el aval de los gobernantes de turno. ¿Qué papel cumplió en esa perversa desnaturalización de la democracia y del Estado de derecho la concepción que sirvió para consumar masacres como Cantaura, Yumare, El Amparo, cuyo objetivo era expandir el terror? La frase “disparar primero y averiguar después” se cumplió a cabalidad e inspiró una política que hasta ahora no tiene sanción. La terrible orden no la pronunció Millán Astray, sino un presidente civil: Rómulo Betancourt. Nada de eso debe ser olvidado. Por tanto, es preciso que la memoria funcione como garantía de justicia y disuasivo eficaz. Que es lo que se busca con el Anteproyecto de Ley contra el Silencio y el Olvido que debatirá la Asamblea Nacional. Ojalá que en su discusión se establezca el contraste entre pasado y presente, y haya coincidencia que en materia de derechos humanos debe privar la consecuencia y no el oportunismo.

Chávez, siempre Chávez

Encarar la adversidad es para un dirigente político, para un líder, la verdadera prueba de fuego. La que le permite demostrar su capacidad para salir airoso o fracasar. Para evidenciar su temple, o, simplemente, su fragilidad.

Chávez, está demostrado, se crece en la adversidad. Personal o política. Su trayectoria humana, su deslumbrante carrera como dirigente popular, está marcada por hechos en los que reveló su capacidad para sobreponerse a las trampas de la vida. Para no sucumbir por falta de decisión y de lucidez sobre a la opción a escoger en un momento dado. Para empinarse por encima del acertijo de lo fortuito. Y lo más importante: para saber lo que hay que hacer cada vez que el destino lo ha colocado ante una encrucijada.

Sólo me referiré en esta semblanza del personaje a algunos episodios de su vida: a) la resolución de asumir la carrera militar que implicaba un deslinde con otras alternativas que tenía en su imaginario juvenil; b) la decisión de adoptar una actitud política en la Fuerza Armada y conducir el proceso que se produjo en la institución castrense de interiorizar un proyecto de cambio revolucionario en el país; c) la audacia de encabezar la rebelión del 4-F, el fracaso militar y, de inmediato, la victoria política cuando se dirigió a los venezolanos poniendo de relieve su capacidad para acertar en medio de la incertidumbre de la derrota; d) la visión para optar, cuando imperaba la confusión y la desilusión en el campo progresista, por la línea electoral en condiciones de franca desventaja; e) su comportamiento el 11-A -del cual fui testigo-, al desechar la posibilidad de sacrificarse en Miraflores y de la renuncia, y escogió el golpe maestro, que exigía mayor dosis de valor, de irse a la guarida de los traidores en Fuerte Tiuna.

Ahora hace otra vez lo que su fría resolución de desafiar la adversidad le dicta ante una mala jugada de la salud. Y lo hace con responsabilidad y, sobre todo, con serenidad. Soportó estoicamente la dolencia y los emplazamientos miserables del enemigo para anunciar lo que le ocurría. Escogió el momento para decir lo que tenía que decir en un hermoso mensaje, de impecable factura literaria, política y humana, que tocó el corazón del pueblo. Informó cuanto tenía que hacerlo, y esa noche del jueves 30 de junio consiguió -ante una audiencia expectante- otra victoria de la verdad sobre la especulación, abriendo paso a un nuevo ¡por ahora! Y luego retornó al país, sorpresivamente, para satisfacción de millones de seguidores y frustración de una oposición que jugó a su muerte física o política. Ese es Chávez. De ahí su liderazgo. Que garantiza estabilidad y condena al ridículo a los teóricos de los vacíos de poder.

 

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