Opinión

Autor: Carola Chávez

03:37 pm
13
Abr
2015

Hubo un tiempo en el que nuestros presidentes se desvivían por una foto, una palmadita en la espalda por parte de cualquier presidente de Estados Unidos. Era una norma: lo primerito que hacían al ganar una elección era volar a Washington para ponerse a la orden y traerse una foto, tipo souvenir, junto al presidente gringo de turno, que saldría en todas las primeras planas como si aquello fuera un logro importantísimo: tenía el nuevo presidente la bendición imperial.

Al regreso las medidas: hambre por aquí, hambre por allá. “El momento histórico -que era eterno- exige sacrificios del pueblo para lograr un mejor futuro -que nunca llegaba-”. Y danzaba la foto del presidente electo, salivante, su mirada, una mezcla de servilismo, orgullo personal y cálculo miserable, un logro llegar tan lejos para llenarse el buche con las migajas que el amo dejara después del festín.

“Hello, Mr. President -llamaban de madrugada con voz temblorosa-, el pueblo está alborotado porque quiere educación, imagínese, hasta quieren ir a la universidad sin pagar”. “Hello, Mr. President -llamaba otro-, perdone que lo moleste, pero aquí en mi país los pobres dicen que tienen hambre desde que aplicamos recortes sociales, congelamos salarios y liberamos los precios… Ahora quieren vivir como gente y nos culpan de su pobreza”. “Hello, Mr. President, aquí anda la izquierda buscándole las cinco patas al gato, yes, the cat; ya los perseguimos, censuramos, ilegalizamos sus partidos, los desaparecimos, pero se reproducen como las ratas, yes, the rats…”. A palazos con ellos, era siempre la respuesta. En esos tiempos, los medios no hablaban de derechos humanos.

“Hello, Mr. Secretary, ¿podría comunicarme con el Mr. President? Ah, entiendo, ahora soy ex. Dígale, please, a Mr. President que, de todos modos, aquí seguimos a la orden.” Cambiaba la historia en nuestro continente y uno a uno iba llamando desde el cuartico de la derrota electoral.

De los escombros de su historia infame, los saca el amo, y vuelven con sus ahora canosos copetes, con sus agrietadas máscaras de dignidad, a los medios, foros y cumbres, como ánimas en pena -sin vergüenza-, fantasmas de ese pasado que no volverá, a levantar la voz a favor de aquella sociedad civil -de cómplices- cuya arrogancia no tolera ver a los pueblos gobernar.

 

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