Opinión

Autor: Maryclen Stelling

11:33 am
11
Ene
2016

Cual terremoto, los resultados electorales del 6-D sacuden los cimientos políticos, sociales y psicológicos del país. Se tambalea la “coexistencia” de 16 años, fundamentada en las polaridades triunfo-derrota, mayoría-minoría, amor-odio, buenos-malos.

El cuadro político poselectoral arroja un Psuv compelido a prepararse para su ajeno rol de minoría parlamentaria y, además, obligado a lidiar con el adversario, quien se estrena, entrena y solaza con su condición de mayoría.

Sin demeritar el triunfo electoral de la oposición, es indudable que las condiciones económicas y la propia gestión oficial, cual autogol, conspiraron para que ese sector político captara electoralmente la desesperanza, el desamparo, la desilusión, la rabia y el castigo.

A pesar de las pretensiones formales de moderación y tolerancia, a la nueva mayoría se le dificulta deslastrarse de impulsos de venganza, revancha y represalia. La vendetta política hace su aparición en el Parlamento, en la voz de su Presidente: “No quiero ver un cuadro de Chávez o Maduro. Llévense toda esa v… para Miraflores, o se la dan al aseo”.

En nombre de la democracia se promueve un ejercicio de histeria política y para ello se recurre descaradamente al miedo. Cual adalides de la libertad, se comprometen a buscar, en un plazo de seis meses, “una solución constitucional, democrática, pacífica y electoral al cambio de gobierno”. Se delata la intención totalitaria del Gobierno detrás del nuevo Gabinete, Parlamento Comunal, conformación del Tribunal Supremo de Justicia e impugnaciones admitidas por la Sala Electoral.

Se denuncia una amenaza extraordinaria para la democracia y el futuro de la nación, que es necesario combatir. Declarada la emergencia, es inevitable tomar medidas extraordinarias para combatirla. Se desarrolla un discurso inquisitorial que incorpora el origen y las manifestaciones del mal, la ley, la justicia y la legitimación de la violencia del poder punitivo para eliminar el aparente peligro y al enemigo.

En aras de un objetivo superior, salvar la democracia, se desata un estado de histeria “brujeril” y se blande el martillo de las brujas.

El Malleus maleficarum (del latín: Martillo de las Brujas), antiguo tratado sobre persecución de brujas e histeria brujeril.

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