Opinión

Autor: Alberto Aranguibel B

09:06 am
10
Mar
2015

A dos años de la partida física del comandante Chávez, el país retoma desde todos los ámbitos, particularmente el comunicacional, el debate sobre la significación de su liderazgo en el sentir popular y la vigencia de su legado de cara a los retos impostergables de la revolución bolivariana.

En el marco de ello, escuchamos a algunos periodistas de medios y voceros de la derecha referirse al líder popular más relevante que ha tenido el país desde que somos república como el “ex presidente”, con lo cual se introduce una nueva modalidad de descalificación velada contra quien el pueblo ha asumido sin ningún tipo de ambages desde el momento mismo de su fallecimiento como el Comandante Eterno.

El desprecio a Chávez y a todo lo que con él tenga que ver, ha sido la constante más persistente en la disertación de la derecha desde el instante mismo en que éste hiciera acto de presencia en la vida pública nacional el 4 de febrero de 1992.

Por su parte, la constante de Chávez fue la de ganarle elecciones a esa misma derecha de manera cada vez más aplastante e indiscutible, habida cuenta de la inmensa popularidad que logró alcanzar con el amor y el respeto como seres humanos que les entregó desde un primer momento a los venezolanos.

De ahí su carácter invicto, refrendado por la elección del 7 de octubre de 2012 para un tercer período de mandato que lo convirtió en el presidente más votado (en cantidad de veces y cantidad de electores) en toda la historia democrática del país. Condición que antes de su fallecimiento no fue en ningún momento revertida por proceso electoral o legal alguno, con lo cual es indiscutible la vigencia de la dignidad de su rango oficial, aun en la insoslayable circunstancia de existir un nuevo presidente en funciones.

Por eso el Libertador Simón Bolívar no es el “ex libertador” ni ninguna otra barbaridad semejante, ni José María Vargas el “ex doctor” Vargas.

El miedo de la derecha a la perpetuación del ideario chavista y del amor a Chávez no logrará jamás el miserable propósito de opacar mediante jugarretas semánticas la descomunal dimensión del líder de la revolución bolivariana, porque gracias a ese líder el pueblo al que quieren embaucar no es, ni volverá a ser jamás, el pueblo lerdo que embaucaron en el pasado.

 

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