Opinión

Autor: José Vicente Rangel

11:44 am
27
Jun
2011

1 No hay duda: la batalla está planteada en el terreno mediático. Como nunca antes lo estuvo. Con la particularidad de que cada día se hace más evidente la debilidad de los partidos y los sindicatos, lo cual determina que los medios impongan su política, siempre de derecha, neoliberal, orientada a apuntalar al capitalismo. Justo cuando éste se halla en plena crisis, como lo demuestra la situación por la que atraviesan países de la Unión Europea y EEUU.

¿Qué papel cumplen los medios -es la pregunta- en la reingeniería para impedir el desplome del capitalismo? Ojalá el tema se pudiera discutir con seriedad. Ejemplo: el medio -prensa, radio, televisión y la irrupción de las redes sociales- en los procesos electorales, su incidencia sobre los partidos, liderazgos, satanización de las iniciativas progresistas, y, sobre todo, imposición de líneas elaboradas e impuestas por sus propietarios y la conformación de carteles que controlan la información y difunden políticas contrarias a cualquier proceso de cambio social e institucional.

2 En Latinoamérica la situación es especial. Tiene expresiones en el encadenamiento de la información, promoción de campañas que exceden el marco democrático, reñidas con la ética y con elementales principios de objetividad. El medio transnacionalizado toma partido y asume, con descaro, posición de combate. Lo hizo en Venezuela, al extremo de inducir y apoyar un golpe de estado y la huelga de la industria petrolera, soporte de la economía nacional. En Ecuador se solidarizó con el intento fallido de derrocar al presidente Correa.

En Bolivia ha participado en el proceso desestabilizador contra el presidente Morales. En Honduras fue decisivo en el derrocamiento del presidente legítimo Zelaya. Igual en Nicaragua con el apoyo que los medios prestan a las campañas adversas al presidente Ortega. Pero esa actitud no tiene como único blanco a gobiernos con definición anticapitalista. También arremete contra iniciativas políticas y sociales que rozan poderosos intereses. Ocurre en Argentina con el gobierno de Cristina Kirchner -y la gestión de su esposo Néstor- que desata la brutal reacción de los empresarios del agro; o el rechazo a las medidas sobre el monopolio de Papel Prensa controlado por Clarín, La Nación y La Razón, mediante una campaña violenta de informaciones y notas editoriales abiertamente desestabilizadoras.

La desmesurada tónica mediática se da con el mismo formato en Paraguay, Uruguay, e, incluso, en Brasil, donde la campaña contra Lula desbordó límites, y en la actualidad trata de sembrar cizaña entre la actual mandataria, Dilma Rousseff, y el expresidente. Y no se diga de Perú, donde los ataques para acabar con Humala e imponer la fórmula ultraderechista de Fujimori, dirigida desde el diario El Comercio -provocó el rechazo de Vargas Llosa-, estuvo a punto de lograr su objetivo.

3 En el listado de tareas de los medios figuran, entre otros temas, la magnificación del fenómeno de la corrupción con total desprecio a la verdad, precisamente por quienes en pasadas actuaciones de gobierno se despacharon y se dieron el vuelto. En conchupancia con grupos económicos caracterizados por el manejo inmoral de las relaciones con el poder. También la agudización de la polarización para dividir la sociedad con mensajes que enmascaren los problemas sociales y económicos, y confundir con la difusión de falsos dilemas, como comunismo o democracia; libertad o dictadura; propiedad privada o su desaparición. Igual con la satanización de los cambios sociales, o los de carácter institucional que buscan el desarrollo de un nuevo tipo de democracia bajo el signo de la participación y la autogestión. O bien confundir todo cuanto signifique justa distribución del ingreso y adopción de nuevos modelos de producción. En la mira también están los procesos de integración regionales inspirados en políticas soberanas. En fin, que de lo que se trata es de la existencia de dos modelos diferentes. En uno de los cuales, los medios controlados por poderosos grupos económicos, convertidos en voceros de un poder petrificado y anacrónico, ideológicamente insertos en el circuito de la dependencia, cumplen la misión de confundir y desestabilizar.

En síntesis, la internacional mediática como punta de lanza de determinada política. Tener claro el papel que ésta juega ayudará a enfrentarla. Si no es así, el riesgo de que logre su objetivo aumentará peligrosamente.

 

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