Opinión

Autor: Earle Herrera

09:36 am
07
Ago
2015

El opositor de a pie no termina de convencerse de que el chavismo está detrás de la división de la Mesa de la Unidad. De las zancadillas internas siempre se acusó al comandante Chávez, pero a 29 meses de su partida está resultando cuesta arriba sostener tal hipótesis. Las maniobras diabólicas para incordiar a los inocentes factores de la MUD, ahora se la achacan a Maduro y Cabello, a quienes tildan de “maquiavélicos”, para darle un toque académico a la acusación.

En Copei hace rato que se vienen tirando de las greñas, en la Mesa, en la calle y en los tribunales. De Primero Justicia saltaron los toletes de VP, Gerardo Blyde y el defenestrado Goicoechea. A UNT, los amarillos le sonsacaron a Marquina y de Podemos a Ismael García. A Liliana Hernández la sacaron de ABP, la metieron en PJ y luego la devolvieron. Las mujeres de la Unidad denuncian que las excluyeron de las listas “unitarias”. Después Torrealba acusó de esa injusticia a las “intrigas del régimen”.

Las viejas riñas judiciales entre los copeyanos Planas, Enríquez, Ecarri, Pedro Pablo, Mendoza, con la sensible baja del Tigre, desató la antropofagia en la MUD. Los otros partidos se lanzaron a canibalizar los 27 puestos que los verdes habían ganado. Se los comieron en caldo de ñame y Torrealba, otra vez, acusó a Maduro de esa copeyanofagia endógena. Scarano, en Carabobo, denunció que Pablo Aure quiere hacer de él un postre. Por Lara, Gómez Sigala reveló que Falcón lo iba a montar en la olla, por lo que decidió armar el plato frío de su venganza. A la coordinadora de Vente no le permitieron designar a su propia sucesora, no señora. Democráticamente, la MUD le impuso el sustituto.

Esta merienda de blancos, de la llamada “la Venezuela decente”, parece una serie de “Animal Planet” al estilo de “Matar para vivir”. El elocuente secretario de la MUD acusa de los malos modales en la Mesa a quien llama “Nicolás” o “vale”. No es fácil, sin embargo, convencer a sus bases de que Cabello impuso a Guevara en el puesto de Machado y a Enrique Mendoza en el de Roberto Enríquez, sustitutos que, si pudieran, pondrían a Diosdado “fuera del aire”, mínimo.

 

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