Opinión

01
Jun
2010

SIEMPRE EN LA VIDA hay un vivo y un pendejo. Siempre hay un poderoso y un marginal. Siempre hay uno que lo tiene todo y otro que nada tiene. En el cine estadounidense la distinción siempre fue muy clara. Los productores gringos, con una definida orientación político-ideológica, y empleando un lenguaje visual de corte racista, lograron que siempre en sus películas aparecieran escenas -y aún aparecen, a pesar de que Obama está en la Casa Blanca- de un ricachón o una ricachona en su majestuosa mansión servido por negros o negras. El blanco o la blanca siempre ordenando y el negro o la negra siempre sirviendo la mesa, abriendo la puerta, manejando el vehículo, llevando los palos de golf y realizando otros oficios por el mismo estilo. Ni de vaina un negro o una negra mandando a un blanco o una blanca.

EL TÍO TOM fue el estereotipo, la imagen cabal de la aceptación pasiva por el negro del dominio del amo blanco. Del negro servil que obedece con lealtad infinita. O la imagen de Gunga Din, el hindú al servicio de las tropas imperiales británicas en la India, en la película basada en la obra de Kipling. El formato se repite en el tiempo y la conflictividad social se encarga de estimular sus efectos. Empresarios poderosos delegan en sus trabajadores la defensa de sus intereses. La empresa adopta, formalmente, a los nuevos miembros. Les abre la puerta a quienes laboran muchas veces en condiciones de absoluta explotación. Dándose el caso de una connivencia basada en la protección, no del trabajador sino del empresario.

ES ASÍ COMO SURGE la nueva figura de la empresa-familia. Asociación en abstracto en la cual la figura del empresario desaparece a la hora de los conflictos sociales, se invisibiliza, para dar paso a la figura del trabajador, que asume el protagonismo. La empresa ya no es empresa sino familia. El tema social queda relegado a un segundo o tercer plano y emerge el nuevo socio, ahora con carácter familiar, que antes nada representaba, que es el que saca la cara cuando se plantean cambios importantes en el país.

SE TRATA, NO HAY DUDA, de una hábil estratagema. De una jugada con fuerte carga ideológica y, al mismo tiempo, con efectos que generan la confusión. De pronto, ante una medida de Estado, de nacionalización de una empresa por diversos motivos, que no cumple con la ley, que afecta la estabilidad del país, la confrontación no se da con el patrono sino con el trabajador. Algo, si cabe el término, diabólico. Porque se manipula al trabajador obscenamente y se lo pone a decir que las empresas privadas que pasaron a manos del Estado están quebradas, cuando la realidad es que antes de la transición ya lo estaban, precisamente por la deplorable administración de los empresarios privados. En otras palabras, el trabajador, el explotado, asumiendo el lenguaje y la ideología clasista del empresario, del explotador.

ES ÉSTA LA SITUACIÓN PLANTEADA con la empresa Polar. Sus dueños, la familia, no dan la cara. Todo lo delegan en los trabajadores -o en un grupo de trabajadores-, quienes asumen la vocería. Así vemos a un dirigente sindical que trabaja para Polar hablar como el dueño de esta empresa. Como si fuera el oso, cuando tan sólo es un servil instrumento de un poder económico que toda la vida avasalló a los trabajadores. Es la historia que se repite: pobres al servicio de ricos; pendejos al servicio de vivos; negros al servicio de blancos. La historia al revés.-

 

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