Opinión

03
Jun
2010

SI ALGUNA POLÍTICA en el mundo es previsible en sus desarrollos, y es una sucesión de hechos anunciados -para apelar al léxico del “Gabo”-, es la colombiana. En ella todo está escrito y santificado de antemano. No hay pele con lo que sucede en el vecino país. ¿Por qué este escribidor hace tan tajante afirmación? Porque la realidad dicta ese veredicto que nunca varía. Se comprobó una vez más con las elecciones presidenciales del pasado domingo 30 de mayo. Se presumía que los hechos ocurrirían de manera diferente. Los ilusos de siempre imaginaban que ahora sí habría cambios en la estructura mineralizada de la conducción colombiana. Que se abriría una brecha para algunas modificaciones, muy pequeñas, pero modificaciones al fin y al cabo. Los verdes de Mockus le daban un airecito de frescura al proceso electoral y las encuestas se encargaron de alentarlo.

PERO AL FINAL PASÓ lo de siempre: La oligarquía colombiana no cede, ni vacila, ni está con pendejadas que le signifiquen debilitamiento de su histórico poder. Está blindada contra las sorpresas. Es impenetrable y lo demostró una vez más. Los comeflores de siempre decían: Ahora sí, hay varios candidatos que representan distintas opciones, hay debate, hay un candidato que dobla al heredero del poder sacrosanto encarnado en el uribismo. Pero todo se esfumó. La abstención fue grande. El fraude fue grande. La maquinaria montada por la narco-política sembró el pánico en las veredas de la Colombia profunda, apeló descaradamente al cohecho, compró votos a diestra y siniestra y terminó imponiéndose en toda la línea. Con una ventaja ahora: Que logró invisibilizar el contrabando de la transparencia del proceso electoral. Hizo como los buenos magos: que hacen trampa en las narices de uno sin que uno se dé cuenta. Sacaron conejos del gran sombrero de la farsa para deleite del público bobo, el de adentro y el de afuera.

A LOS OJOS DEL MUNDO y apuntaladas por el poder mediático, las elecciones colombianas fueron ejemplares. En algunos programas de televisión en Venezuela, voceros de la oposición las elogian con arrobo y se lamentan de que tan estupendo ejemplo de democracia no se dé entre nosotros. Un ejemplo montado sobre el más feroz ventajismo, salpicado con la sangre de los “falsos positivos”, de las masacres, con olor a coca y marihuana, en medio de una brutal represión política y social, que permitió al candidato paramilitar vencer, ungido por las aguas bautismales de la narco-política. Al final, el resultado impredecible fue el previsible. A Mockus lo molieron y terminarán de hacerlo picadillo el próximo 20 de junio, cuando el resto de los perdedores se ponga de acuerdo para sacarlo del juego. Una vez más se cumple la fatal sentencia colombiana contra aquéllos que osan desafiar a la oligarquía más poderosa de la región, la más coherente y preparada: Hacerle fraude al aspirante que se insinúa peligroso, como se lo hizo Misael Pastrana al general Rojas Pinilla, o simplemente apelando al argumento implacable del asesinato, como ocurrió con Gaitán.

SANTOS ES MÁS DE LO MISMO. Los colombianos debaten sobre las masacres, las “chuzadas” telefónicas, el piso mafioso del aparato político-electoral de Uribe, el colapso del Estado de derecho, pero terminan aceptando todo. Tragando cuanta porquería defeca el sistema con más muertos y excluidos sociales del mundo. El vecino tiene un estómago a prueba de todo, y Santos es un producto natural hábilmente reciclado. Un vecino que seguiremos padeciendo. ¡Paciencia y más paciencia!.

Fuente: Diario vea
 

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