Opinión

19
Feb
2016

Mi insistencia por defender la gestión gubernamental que preside el camarada Nicolás Maduro ha desatado ataques contra mí, desde múltiples frentes. El más prolijo es el de nuestra izquierda, felizmente pluricultural e históricamente escindida.

Esta situación ha llevado a que un grupo de amigas y amigos, creadoras y creadores, artistas e intelectuales orgánicos de clase proletaria, me hayan incorporado –inconsultamente- en una nueva organización clandestina que prefieren denominar por sus siglas JDG (Jalabolas del Gobierno) “para evitar la mamadera de gallo”, según me expresaron.

Realidad venezolanamente humorística de lado (por ahora), voy a insistir en mi responsabilidad militante, por lo siguiente:

1.- Muchas de las críticas lanzadas por las redes sociales y otros medios, desde el campo de la enfermedad infantil del izquierdismo (que nadie olvide leer y reflexionar a Lenin en su texto cuyo título aquí parafraseo), no es que carezcan de sustento ni merezcan ser despreciadas. Las asumo, humildemente, desde las originales tres erres que nos recomendara de manera permanente el camarada Comandante Hugo Chávez (Revisión, Rectificación y Reimpulso), pero es mi deber resaltar que la crítica no debe acarrear inmediato fusilamiento, sino también apelación. Maduro no debe ir al paredón ni ser crucificado. Es decir, dejemos de ser corifeos de la burguesía y repetir que Maduro debe renunciar.

2.- Una revolución se convierte en exitosa si sus ejércitos actúan en unidad y bajo una sola voz de mando (en este caso la del mismo Comandante en Jefe de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y de la Defensa Integral de la Patria, cuyo nombre propio es Nicolás Maduro Moros). Sostengo -como soldado y no por mi militancia en el JDG- que, estando en guerra (como estamos: simbólica, mediática, económica et al) debemos defender, respetar y obedecer a quien recibió el legado de Chávez (y lo aceptamos: ¿Recuerdan?) para esas difíciles y muy complejas tareas.

3.- El sol, el brillo potencial y en construcción de la independencia definitiva y la Patria socialista, no se pueden tapar con un Maduro… perdón, quise decir, con un dedo. Dicho de otro modo, la Revolución Bolivariana y Chavista no la podemos matar con actos de sumisión ante las líneas de guerra simbólica, mediática y económica, que nos ha obligado a pensar con los estómagos y a rendirnos ante los creativos publicistas del Pentágono y el Departamento de Estado que diseñaron su estrategia comunicacional en torno a la consigna de la renuncia del presidente Nicolás Maduro.

4.- Definitivamente, es la hora de exigir al presidente Nicolás Maduro que “no abandone la pelea”, como cantó y canta nuestro gran Alí Primera, pues “no es tiempo de recular ni de vivir de leyendas”. Lo que debemos exigir a Maduro es que cumpla con el legado de Chávez, que cumpla con la adscripción radical de clase de esta Revolución Bolivariana y Chavista y que nos acompañe consecuente, como le fue instruido por el Comandante Supremo, hasta la victoria final.

Siete a la carga

 

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