Opinión

Autor: Carmen Bohórquez

10:55 am
07
Ene
2016

Hemos comenzado el año en medio de grandes dificultades, quizás una de las más difíciles que hemos atravesado en estos 17 años en los que hemos tratado de inventar y construir, como aconsejaba Simón Rodríguez, una sociedad original, una administración de la cosa pública original, una relación cívico-militar original, un Estado original en el que la relación de los ciudadanos con el poder sea en verdad una relación de ejercicio pleno de democracia y no de extensión de la dominación de las élites sobre un pueblo atado de manos y silenciado.

Hasta dónde lo hemos logrado, es una pregunta cuya respuesta ha ido oscilando entre períodos de avance y de retroceso, producto de la permanente arremetida de una oposición de derecha, estimulada y financiada por el imperio, que se resiste a ser desplazada del poder. Pero nadie puede negar en todo caso que hemos producido una transformación revolucionaria del país; que hoy contamos con una Constitución que abrió nuevas sendas incluso en Nuestra América; que desde el punto de vista teórico nunca se habían producido leyes y garantizados derechos de tanta avanzada como los hoy existentes; que hemos sentado las bases para hacer realidad un verdadero Estado Social de Derecho y de Justicia que se traduzca en la realización de la máxima felicidad posible, de la que hablaba el Libertador. Hoy, sin embargo, esa revolución se encuentra gravemente amenazada y bastaría un descuido para que se pierda bajo las horcas caudinas de los antipatria de siempre.

¿Qué debemos hacer? ¿En qué dirección trabajar? ¿Por dónde encauzar la lucha? Son preguntas sobre las que ya se han avanzado propuestas esclarecedoras que como las formuladas por Luis Britto García, Vladimir Acosta y otros intelectuales bolivarianos deben ser tomadas muy en cuenta. Sin embargo, más allá de la enorme responsabilidad que tiene el gobierno, con Nicolás Maduro a la cabeza, la clave está en no perder de vista, ni de oído, lo que tiene que decir el principal protagonista de todo este proceso revolucionario, que es el verdadero autor y actor de lo logrado hasta ahora, de lo que haya que corregir y de la dureza de los pasos que haya que dar en lo inmediato y con urgencia: el pueblo venezolano.

Y es que este proceso no se hubiera realmente iniciado, ni avanzado hasta el punto que lo ha hecho, si un pueblo no hubiera despertado y sacudiéndose de los siglos de opresión no hubiese emprendido su propia lucha de liberación. Hay muchas formas de decirlo. Podemos decirlo con Neruda sobre el tiempo que tarda Bolívar en despertar, pero creo que es mejor dejar hablar al hombre que supo encarnar a ese pueblo y que sirvió de espita para que las fuerzas revolucionarias refrescaran de libertad y esperanzas a este país anquilosado por siglos de dominación. Me refiero al Comandante eterno Hugo Chávez Frías, con cuyas sabias palabras queremos comenzar este nuevo año:

“Aquí no es un caudillo el que ha despertado, aquí no es un dictador ni es un tirano ni un hombre que está acumulando poder o haciendo lo que le viene en gana. No, de ninguna manera, no es un hombre, no puede ser un hombre, es un pueblo y eso sí es algo grandioso. Cuando un pueblo recupera la fe en sí mismo, cuando un pueblo recupera la esencia de sus propias raíces, cuando un pueblo se llena con su propia historia, cuando un pueblo levanta sus banderas, cuando un pueblo recupera el sentido colectivo de lucha, de trabajo, de fe y de esperanza, entonces es allí y sólo allí cuando ocurren grandes cambios en la historia, y en Venezuela eso está ocurriendo. Grandes cambios, estamos avanzando hacia grandes cambios políticos, estamos en medio de un gran cambio político: Constituyente, revolución pacífica, democracia, lucha, dignidad, un gran cambio económico…. Estamos reorientando una economía que estaba al servicio de un pequeño grupo, una economía destrozada, orientándola hacia una economía humanista, una economía que le proporcione a la mayoría, a todos la satisfacción de sus necesidades. Estamos reorientando la sociedad, haciendo una revolución social que tiene que comenzar por cada uno de nosotros, por nuestro sentimiento, nuestro interior. Tiene que comenzar por una revolución moral, espiritual y tiene que invadir todos los estratos de nuestra sociedad. En Venezuela estamos en plena revolución, gracias a Dios pacífica y democrática, y esa revolución se debe –repito- como lo he dicho en mil sitios y en mil horas y mil momentos: no es a un hombre, se trata de un pueblo”. (Aló Presidente, No. 16, 26 de septiembre de 1999).

¿No será que hemos dejado de escuchar a ese pueblo y nos creímos nosotros: presidentes de los cinco poderes, ministros, diputados, gobernadores, alcaldes, funcionarios medios, intelectuales, comunicadores, sindicaleros, o cualquier otro cargo de jefecito los protagonistas de la historia?

Siete a la carga

 

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