Opinión

Autor: Mercedes Chacín

03:03 pm
25
Ago
2015

Lo más cerca que he estado de Colombia, por tierra, son las veces que he ido a San Cristóbal y el ida y regreso del pasaje aéreo decía Caracas-San Antonio, San Antonio-Caracas. Nuestro primer contacto fue a través de la lectura. Gabriel García Márquez, el primero y preferido. Después le siguen algunas cosas de Álvaro Mutis, de Laura Restrepo y William Ospina. En vivo, lo que se dice en vivo me conecté con Colombia a través de una mujer: María D. María D. se vino a Caracas a trabajar en “cosas de peluquería” para mantener a sus hijos allá en Colombia. No le fue mal, digamos. Un buen día de 2014 me dijo: “Me regreso a Colombia”.

Me gustaba María D. Como todas y todos los colombianos que he tenido la suerte de conocer nunca habló mal de su país. Lo más “feo” que le escuché decir de Colombia fue “allá todo es muy difícil”. Tuvo que emigrar y trabajar para ayudar a sus hijos a sobrevivir y nunca se expresó mal de su patria.

Sabemos que la “derecha maltrecha” desde la frontera por el Táchira aliada a los paracos, dirige una agresión económica sin precedentes contra Venezuela.

Luego, o antes, según se vea, está la historia misma de Colombia. Siempre me ha sorprendido su situación de guerra. Muchas décadas de muerte, de violencia. Las bombas reventaban y, aunque lejos, se sentían, siempre dolían. Recuerdo a Medellín como un mal sueño, de las tantas veces que el narcotráfico llenó aquella ciudad de destrucción y muerte. Recuerdo el M19 y todo lo que se hizo para acabarlos. Recuerdo la imagen del asesinato de Luis Carlos Galán, cuya caída después de unos balazos, por alguna razón, no he olvidado. La paz no convenía. No conviene.

He leído muchas versiones y cuentos del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, el origen de todo. Una muerte que costó la paz. Recuerdo la epopeya de Marulanda. A las FARC. Al ELN. El horror del paramilitarismo. Sé de su prensa, que nunca ha llegado a ser independiente (aunque muchos acá se traguen el cuento) porque siempre los medios de nuestros países están ligados a apellidos “ilustres”, a oligarquías defensoras, a sangre y fuego, de su estabilidad como clase.

Más recientemente hemos conocido a un tipejo llamado Álvaro Uribe Vélez. Un malandro con paltó. Es un asesino, enemigo de Venezuela y permítanme no extenderme para no malgastar caracteres.

Ahora sabemos que la “derecha maltrecha” desde la frontera por el Táchira aliada a los paracos, dirige una agresión económica sin precedentes contra Venezuela. El realismo mágico lo describiría así: Han comprado tantos billetes que si los ponen uno detrás de otro pudieran darle la vuelta al mundo diez veces; han contrabandeado tantos kilos de harina de maíz y café, que pueden hacer millones de arepas pelúas y tazas de café y alimentar a ejércitos por cuarenta días y cuarenta noches seguidas mientras Remedios, La Bella, los ve desde las alturas.

Nada tiene la derecha que contarnos de Colombia. La conocemos. La respetamos. La admiramos. No pretendan darnos clases de integración y solidaridad. No ustedes. ¡Demasiado cinismo! Nosotros también le metemos al realismo sin magia. Y sabemos que este cierre de la frontera, contrario a lo que dicen, es un pasaporte sin sellos. Sigamos.

 

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