Opinión

Autor: Carola Chávez

10:29 am
04
Abr
2016

En el supermercado, donde un cartel antibachaqueros te recibe advirtiendo que no venden productos regulados, me consigo con unas larguísimas colas, no en la puerta, sino en las cajas. Hileras de clientes con sus carritos que se extienden hasta dentro de los pasillos. La causa: de las veintiséis cajas, solo funcionan seis: una preferencial, dos lentísimas “cajas rápidas” y tres para el resto de los clientes, que nunca tenemos la razón.

Recorro los pasillos abriéndome espacio entre las colas. La gente se arrima como acostumbrada a arrimarse, y alguno masculla “¡Qué desgracia de país!”, porque esa cola también es culpemaduro. En la nevera, ricotta a novecientos bolos que la semana pasada costaba seiscientos. Miro la fecha y todos están vencidos, las tapas abombadas lo corroboran, pero ahí están, junto a un suero que también ha caducado. Desisto de los lácteos, me niego a pagar sobreprecio para intoxicar a mi familia.

El altoparlante anuncia a los estimados clientes que a partir de mañana, como parte de una campaña ambientalista, nos cobrarán también las bolsas plásticas. Ni un resuello, parece que nadie escucha.

No hay un solo precio en los anaqueles, adivina adivinador parece ser el juego. ¿Para qué poner los precios a la vista tal como dice la ley, si los cambiamos cada semana? Imagínate los costos que eso significaría para el dueño. “Nadie trabaja a pérdida”, dicen las víctimas defensoras de sus victimarios.

Aun en contra de mi instinto que me grita: “¡vete, Carola, vete!”, persisto en el intento de hacer mi compra mientras las colas bajan. No bajan nunca. Los clientes domesticados esperan y esperan mientras chatean por whatsapp. Ni una queja. Comento en voz alta el abuso de tener tantas cajas cerradas. “Es culpa de la Ley del Trabajo”, -contesta alguien sin dejar de mirar su teléfono.

Voy con el gerente, le reclamo que hay leyes y que las están violando todas. Me contesta tranquilazo que no pueden evitarlo. Si ustedes no pueden evitar violar las leyes, yo tampoco lo podré evitar y me llevaré mi compra sin pagar -lo desafío. Atrévase y va presa -responde.

Dejo el carrito en sus narices y me voy pensando: si ese supermercado no fuera propiedad de un millonario sino del Estado, estos dóciles clientes estarían enguarimbados. Pero ahí los dejé, mansitos haciendo cola.

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