Opinión

Autor: Francisco Rangel Gómez

09:58 am
13
Mar
2015

A propósito de la visita del canciller libanés Gebran Bassil al estado Bolívar, repasábamos la historia de los países del Medio Oriente que han sido devastados por guerras y enfrentamientos bélicos, son pueblos que han visto de frente la miseria humana y material, las consecuencias de ataques violentos que arrasan la vida de inocentes y ciudades enteras; pesadillas que tienen una característica común, son aupadas por la mano imperial.

La nefasta experiencia que está escrita y también vive en el testimonio de quienes portan cicatrices en su cuerpo, en su memoria y en su conciencia nos ratifica la razón de la lucha por hacer prevalecer la soberanía y la independencia total y plena de nuestra tierra.

Con qué moral veremos a los ojos a nuestros hijos y nietos si nos confesamos favorecedores de una invasión con tropas extranjeras que sin mediación alguna y con unos cuantos explosivos acaben miles de vidas, ciudades enteras, hogares, iglesias, hospitales. Cómo se le explica a un muchacho que su escuela fue bombardeada o que la mitad de la familia desapareció. Es la realidad actual de los países donde los planes injerencistas lograron fraguarse eficazmente.

Los pueblos que saben el significado de estar en guerra, el alto precio que se paga con un intervencionismo, también alzan su voz para que todas y todos los venezolanos despertemos y luchemos juntos por resguardar nuestra patria.

No podemos aflojar en la búsqueda permanente de blindar nuestra soberanía, tenemos casi 16 años luchando por instaurar un verdadero Estado de Derecho, y desde hace 16 años existe la amenaza constante de quebrar nuestra intención de deslindarnos del decadente sistema capitalista; ese es el “pecado” que nos pretende condenar el intervencionismo que hemos denunciado a escala internacional.

Hace 16 años rompimos el esquema del diezmo por renta petrolera, pusimos a valer nuestro principal recurso; gracias a eso hoy solo combatimos 5% de pobreza extrema (de 20% que encontramos), fuimos reconocidos por organismos internacionales por logros inéditos como la erradicación del hambre y del analfabetismo; nos hemos mantenido incólumes frente a las reiterativas amenazas a escala mundial, pero seguimos dispuestos a dar la lucha y continuar estableciendo nuestro propio sendero.

 

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