Opinión

Autor: Roberto Hernández Montoya

01:24 pm
23
May
2015

Este artículo quiere ser un diálogo con Nicholas Negroponte, también llamado Negroponte El Bueno, porque sus hermanos John y Laura son unos sicarios imperiales de lo peorcito. Nicholas es otra persona, para empezar es persona. No parece ni prójimo de los bichines Negropontes, que no aman a nadie y mucho menos a gente como su hermano y quienes lo leemos.

En 1995 publicó un libro crucial: Ser digital (Being Digital) por el que, dice él mismo, será recordado para siempre. No exagera. Resumo: cuando retiramos un libro de papel de una biblioteca nadie más puede leerlo. Si otra persona lo quiere hojear tiene que esperar que lo devolvamos. Un libro de papel es un objeto hecho de átomos. Pero si es electrónico está hecho de bits y puede ser leído por un número infinito de personas al mismo tiempo. Y circula por el mundo, barato, cuando no gratis.

Debemos redefinir lo que entendemos por libro. No es solo un fajo de papeles manchados de tinta y encuadernados. Esa es solo una de las versiones del libro. En otro tiempo fue un rollo de papiro y luego de pergamino. Y fue piedra, bronce, tablillas de barro horneadas y antes del alfabeto su soporte eran las neuronas de los memoriosos que los declamaban en plazas y templos. Confundimos libro con sus soportes. Un libro es un conjunto delimitado de signos, sea cual sea el sostén. Hoy es, además de lo dicho, un torrente de electrones.

Pasa igual con la música, que a menudo creemos solo disco, uno de sus soportes. Música tampoco es partitura, sino un conjunto delimitado de sonidos. O ilimitado, cuando se improvisa, que también vale. Y mucho. Ahí están Gabriela Montero y Keith Jarret para confirmarlo. Y ahora música es principalmente un chorro de electrones.

También el cine, la fotografía y otras representaciones, otros tantos chorros de electrones.

Para fines socialistas, el chorro de electrones, al no tener soporte en átomos, puede emanciparse de su valor de cambio; ya dejó de ser mercancía y pasó desde hace un chorro de años a ser dominio colectivo, comunista. No importa cuánto pataleen los monopolios de contenidos con leyes enrevesadas, amenazas y acosos policiales que la juventud ni entiende ni atiende. La juventud siempre termina teniendo razón, cuestión de tiempo.

El problema de los derechos de autor no es asunto del capitalismo, esa bulimia de plusvalía que se los expropia a autores y autoras. Es un asunto que tendrán que resolver quienes producen y quienes ojean. No sé cómo, pero tarde o temprano lo van a solucionar porque no es viable que dejen de existir libros ni música ni cine ni fotos.

Además, el libro de papel seguirá existiendo por la misma razón por la que el cine no acabó con el teatro ni la televisión con el cine ni Internet con la televisión, ni la fotografía con la pintura. Lo que sí sucede con las artes basadas en viejos soportes es que adquieren nuevas misiones. Así, con la fotografía la pintura se vio relevada del deber de representar la realidad y aparecieron nuevas formas de arte, entre ellas el abstracto. El libro de papel adquirirá nuevos quehaceres que ya iremos viendo y que es prematuro pronosticar. En todo caso, larga vida al libro de papel.

 

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