Opinión

Autor: Julio Escalona

02:22 pm
03
Nov
2015

En los años 80 del siglo XX el poder mundial, con el triunfo del neoliberalismo, tras la derrota de los movimientos de liberación nacional, el derrumbe de la Urss y del campo socialista, va eliminando el Estado del bienestar y el diálogo interclasista para garantizar derechos populares, base de la democracia representativa. El terror va siendo eje de la cohesión social. Un pacto mafioso sustituye el pacto socialdemócrata y keynesiano.

El campo de batalla se trasladó al cerebro, a los imaginarios, al dominio del inconsciente, y un proceso de apropiación y resignificación de los derechos humanos, la democracia y la paz, se va dando.

Un poder mundial fascista, racista y maltusiano no tolera que los derechos humanos cubran a pobres, negros, los que tengan otra religión, otra cultura… Su resignificación implica que pierden su carácter universal.

Para lograrlo fue necesario interconectar neoliberalismo y política antiterrorista. La simplificación y generalización del neoliberalismo a través del Consenso de Washington y su vinculación a “verdades” de sentido común: hay que esforzarse para tener éxito, no puede haber justicia ni igualdad para todos pues no tenemos los mismos méritos, solo puede sobresalir el que trabaje duro, el Estado distorsiona estas posibilidades… ha sido el piso de esta ideología ultraderechista y totalitaria.

Fue necesario crear un clima intelectual y colocar a la humanidad en estado de shock mediante el atentado contra las torres gemelas del 11-9-2001, para dar un golpe de Estado contra la democracia, los derechos humanos y la paz, legalizar la tortura, las cárceles clandestinas, las desapariciones, imponer las guerras preventivas, las torturas orgiásticas de la cárcel de Abu Ghraib y privatizar los ejércitos.

El poder mundial es una dictadura terrorista que mediante la combinación de guerra psicológica y dictadura mediática impone la “realidad”. La guerra económica, psicológica y mediática, orientada a restaurar el individualismo y destruir los vínculos colectivos y solidarios, se ve complementada por un clima de terror a cargo de organizaciones paramilitares y redes mafiosas distribuidas estratégicamente.

Este proceso es más complejo que un golpe de Estado, es la guerra de baja intensidad en pleno desarrollo la que nos amenaza y nos corteja mientras cava nuestra tumba. Los que visten trajes de sepultureros y ya se han pronunciado están inhabilitados para juzgar nuestras elecciones.

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