Opinión

Autor: Maryclen Stelling

10:27 am
04
Abr
2016

La crisis económica y política que se vive actualmente en el país ha generado y a la vez se alimenta del clima de incertidumbre, desesperanza, inseguridad, miedo, impotencia, anomia, rabia.

Caldo de cultivo para que la violencia en sus diferentes expresiones se potencie, brote en múltiples variantes y nos confronte con un país que nos negamos a reconocer y aceptar. El caso Tumeremo, sicariatos políticos, linchamientos y el reciente arrollamiento intencional de dos policías en Táchira son algunas de las expresiones de una sociedad que ha dejado de ser “extraña y ajena”.

Expertos afirman que el Estado contribuye a un clima social propicio a los linchamientos cuando falla, en tanto autoridad legítima, en establecer su presencia en un área. Igualmente, cuando los agentes del Estado abusan de la autoridad de la cual son depositarios y ponen en duda su legitimidad. El linchamiento, forma de justicia paraestatal, desafía dos principios básicos: el sometimiento de la ciudadanía al sistema jurídico formalmente reconocido y, además, el monopolio legítimo del uso de la fuerza por parte del Estado.

Los linchamientos, en tanto acciones ejecutadas por individuos que no cuentan con una autorización o delegación de autoridad institucional formal, han ido cobrando cierta regularidad y ¿normalidad? en el país. Se trata de una acción colectiva, de carácter privado e ilegal, que puede provocar la muerte de la víctima, en respuesta a actos de esta, quien se encuentra en importante inferioridad numérica frente a los linchadores.

Estamos ante una forma de justicia por “mano propia” con “derecho a matar”, bajo determinadas circunstancias. “Los agarramos entre todos los que estábamos ahí. ¿Qué más vamos hacer si aquí no hay policía ni nada y los que mandan son los malandros?”. Ante el uso ilegítimo de la violencia para castigar, se percibe el linchamiento imbuido de un carácter moralizante y se lo estigmatiza bajo la noción de “barbarie”. Y así lo reconoce un linchador: “La falta de autoridad nos convirtió en monstruos”.

Estudiosos del fenómeno en Latinoamérica señalan que el recurso extremo de venganza o satisfacción de la ira genera sentimientos de solidaridad a través del desagravio y permite reconstruir formas de organización en países donde prevalece la injusticia o en sociedades con grandes brechas socioeconómicas…

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