Opinión

Autor: Alvaro de Cózar

09:16 pm
27
Mar
2011

Instalación militar destruida por bombardeo en Trípoli/EFE

A mediados de febrero, el coronel Muammar Gaddafi se fue a Venezuela, acogido por su aliado Hugo Chávez, huyendo de las revueltas que habían estallado en Libia. Semanas después, su hijo Khamis murió de las quemaduras provocadas por el ataque de un piloto kamikaze que se estrelló en el cuartel de Bab el Azizia, la residencia del dictador. En realidad, era una conspiración de Al Qaeda contra el régimen para hacerse con el Magreb.

Todo lo dicho en el párrafo anterior es falso. Pero en Trípoli muchos han creído y creen todavía estas historias. Tienen la necesidad de creerlas. La falta de información y la guerra de la propaganda en la que se han metido ambos bandos explican por qué los rumores se han extendido con tanta facilidad por la ciudad y más allá de sus límites. “¿Sabes algo del hijo de Gaddafi?”, preguntaba un opositor hace unos días. “Estamos convencidos de que ha muerto. La noticia está por todos lados”, se contestaba él mismo.

Era cierto que los titulares con la muerte de Khamis el Gaddafi estaban en las redes sociales y en algunos medios en la Red. Un usuario de Twitter llamado 17libya escribió: “Confirmada la información sobre el ataque kamikaze”. Supuestamente, el piloto se había negado a bombardear la ciudad de Ajdabiya y se había lanzado con su avión contra las oficinas del hijo del coronel. Luego, varias webs que han estado siguiendo el conflicto colgaron una foto de un hombre uniformado identificado como Mujtar Osman. “Es un acto de coraje que será recordado siempre. Osman es un héroe de la revolución”.

Días antes, otras informaciones habían apuntado a la muerte de Khamis el Gaddafi en un hospital de Trípoli, tras resultar herido. Al final, los dos rumores se mezclaron y lo que quedó fue la historia que se ha extendido por la capital: Khamis murió por las quemaduras de la explosión del avión al chocar contra el edificio de Bab el Azizia. Lo único cierto es que el cuartel sufrió un ataque, pero de las fuerzas de la coalición.

“¿Por qué tantos rumores? Porque Gaddafi nos ha mentido durante muchos años. Y si sabes que te mienten crees lo que quieres creer”, explica uno de los que se atreven a levantar la voz contra el dictador. Cada vez son más, aunque aún temen expresarse libremente en la calle. Solo quienes hablan inglés o algún otro idioma extranjero lo emplean a veces para dar su opinión real ante los periodistas alojados en Trípoli. El resto del tiempo, tratan de pasar desapercibidos e incluso fingen adoptar las proclamas de los partidarios de Gaddafi.

Estos últimos también han creído en relatos sin base alguna. En este caso los que salían del régimen y de la televisión libia. Varios seguidores del coronel han criticado estos días a los reporteros por no haber indagado en la conspiración internacional que, según el régimen, se había organizado para desestabilizar la región, hacerse con el petróleo y facilitar la entrada de Al Qaeda en la región.

En cualquier caso, los dos bandos han dado alas a ese tipo de historias y, en varias ocasiones, el conflicto ha vivido el anuncio de la conquista de un territorio cinco días antes de que se produjera. Entre rumores de uno y otro signo, las noticias reales llegan a Trípoli y tienen consecuencias en el estado de ánimo de sus habitantes. Tras la retirada de las tropas de Gaddafi, los rebeldes tomaron la estratégica ciudad de Ras Lanuf. Los disidentes de la capital la celebraron sin gestos de alegría y con comentarios en voz baja. “Están cerca. Muchas cosas van a pasar esta semana. Habrá sorpresas. Si toman Sirte, la gente de los suburbios saldrá a la calle”, comentó un conductor que esperaba en una gasolinera de la capital para repostar.

Por tercer día consecutivo, las colas para llenar el depósito colapsaron algunas calles de la capital. A pesar del conflicto, el precio del combustible ha pasado de 0,20 dinares a 0,15 el litro (de 1,3 a 1 euro). “Lo hace para crear estas colas y que la población se enfade. Trata de que culpemos a Occidente de lo que pasa”, dijo el mismo hombre.

Anoche, las explosiones regresaron a Trípoli. Pudieron escucharse seis estruendos y luego otra vez los disparos de las defensas, que llevaban calladas algún tiempo. La ciudad ha estado viviendo esa especie de calma antes de lo que muchos suponen que será una tormenta. “Son momentos difíciles”, llegó a decir ayer el portavoz del Gobierno, Mussa Ibrahim, para justificar la falta de salidas organizadas para los periodistas. Ya casi no hay conferencias de prensa y el régimen, muy activo en los primeros días de bombardeos, ha reducido sus mensajes. Gaddafi no sale por televisión.

Todo el mundo se prepara para lo que ocurra en Sirte. La ciudad es la antesala a Trípoli, el lugar donde nació el dictador y donde muchos esperan una gran batalla que termine por decantar el conflicto hacia uno de los dos bandos.

 

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