Opinión

Autor: José Vicente Rangel

09:41 am
09
Nov
2015

1 En toda campaña electoral se desata el triunfalismo en los participantes. Es un sentimiento que un estadista inglés lo comparaba con lo que pasa en las cacerías: todos se jactan del éxito antes de conocer el resultado final. En la situación venezolana ocurre igual. Tanto la oposición como el chavismo exaltan su éxito el próximo 6 de diciembre. De acuerdo a semejante actitud no habrá perdedor ese día.

2 Por eso me interesa tratar el tema con la mayor objetividad, a solo cuatro semanas de la fecha comicial. Comienzo por la oposición, con la actitud que impera en su comando, la MUD. Allí existe un optimismo desbordante, acríticamente alimentado por la proliferación de encuestas, muchas de ellas de dudosa facturación, que le otorgan una ventaja. Esas encuestas desdeñan, por ejemplo, el carácter de la elección de diciembre, que no es nacional sino que se llevará a cabo en 87 circuitos del país. Enfatizo el dato porque es un evento en el cual lo local tiene peso indudable, así como la organización, y los vínculos de los candidatos con el medio donde compiten. Si nos atenemos a lo que sucede con la actual campaña, la oposición no está en las mejores condiciones para competir. Es tan evidente la situación que, prácticamente, este sector no tiene campaña. No se percibe en las calles, ya que carece del aparato indispensable para movilizarse. Otro aspecto que señalan numerosas analistas, es la falta de un proyecto que sustente sus aspiraciones. Por eso su discurso esta plagado de vaguedad y respuestas sin sustento a los planteamientos chavistas. A esto hay que agregar la ausencia de un liderazgo fuerte, coherente, que haga contrapeso al que tiene su adversario. ¿Tienen conciencia de tales debilidades los que dirigen a la oposición? No parece. Su triunfalismo descansa solamente en los numeritos complacientes de la encuestadoras -¿cuántas veces han fallado?- y en el despliegue de una campaña internacional que le atribuye la victoria, salvo que haya fraude, ¿Son suficientes estos dos aspectos para ganar una elección como la actual? El triunfalismo coloca un velo sobre la realidad de lo que puede ocurrir cuando se cuenten los votos.

3 El chavismo también incurre en triunfalismo. Cuenta, es cierto, con ventajas. Tal vez insuficientes para la dimensión que ha adquirido la elección parlamentaria, pero eficaces en el ámbito restricto donde éstas se celebran: maquinaria poderosa, recursos mediáticos, liderazgos locales implantados, el “efecto Chávez”, y un proyecto de país que orienta y cohesiona. ¿Basta con eso? Para quienes sucumben con facilidad al triunfalismo, seguramente sí. No obstante, hay factores que obligan a ver la realidad tal como es, ejemplo, la difícil situación económica por la que atraviesa la población, el desabastecimiento, la escasez, las colas y la inseguridad. Sería una estupidez negar que semejante situación influya en la conducta de los votantes. Sin duda influye, y lo que habría que evaluar es la magnitud del efecto. Si es relativo o es determinante; si la maquinaria lo contrarresta o no. El chavismo es una fuerza con rasgos muy peculiares, implantada en lo más profundo del ser nacional. El tiempo no ha afectado la imagen del líder de la revolución bolivariana. Al contrario, la proyecta con mayor fuerza. ¿Por qué lo escribo? Porque se trata de un activo imponderable, de difícil medición, pero que existe, que subyace en el sentimiento popular. Así como el antichavismo también existe, con más vigor que los partidos agrupados en la MUD. Está demostrado, electoralmente, que se mueve con insólita eficacia. Si esos dos factores no son tomados en cuenta, la respuesta puede ser la sorpresa. Porque el triunfalismo, por sí solo, de nada sirve. Explota como una burbuja cuando el ciudadano está frente a la máquina de votar.

Laberinto

Aquellos que se empeñan en exaltar las probabilidades de un golpe; que alegremente promueven la idea de que están dadas las condiciones para que se produzca una insurrección popular con apoyo de guarniciones militares, son unos irresponsables que no miden las consecuencias de una aventura de este tipo. Tengo vivo el recuerdo de las fechas previas al 11 de abril de 2002. Ocupaba una posición importante en el gobierno del presidente Chávez -ministro de la Defensa-, que me permitía acceder a información privilegiada sobre lo que estaba en marcha. Además, hablaba con personas que yo sabía que conspiraban. Les advertí sobre el grave error que iban a cometer y sus consecuencias. A los civiles les señalaba que no había condiciones para intentar la ruptura del orden constitucional, y que no creyeran que la crisis del país era suficiente para garantizar el éxito. Que la fortaleza del gobierno de Chávez, el respaldo popular y el apoyo de unidades militares básicas, no la subestimaran. A los militares con los que hablé -sospechaba de algunos-, les dije que no se dejaran manipular por dirigentes políticos y empresariales inescrupulosos, que tan solo los utilizaban…

De nada sirvieron las advertencias. El golpe se produjo y fue un fracaso total. El pueblo acompañó a Chávez, y los altos mandos castrenses fueron neutralizados y rebasados por la oficialidad joven con control de las unidades operativas…

De la aventura del 11A aún no se repone la oposición, que quedó marcada con el sello de la traición. Tampoco valiosos cuadros militares que participaron, que perdieron sus carreras, y que aún lamentan, decepcionados, haber actuado de esa manera…

Después de aquel colosal error de civiles como de militares, sería una muestra de infinita torpeza dar otra vez pasos en la dirección de derrocar a un gobierno constitucional y democrático, por más problemas que tenga el país…

Habría que agregar que quienes imaginan relativamente fácil hacerlo, lo deben pensar cuando menos dos veces: no conviene subestimar a Maduro, a la Fuerza Amada Nacional Bolivariana, al poder popular, a los partidos del Gran Polo Patriótico, y a miles de independientes críticos del Gobierno, pero que rechazan el atajo golpista, la salida al margen de la Constitución…

Consejo: que nadie se deje engañar por versiones mediáticas desconectadas de la realidad. Que no son otra cosa que la repetición de la virtualidad que caracterizó el 11A, y, menos aún, por la alharaca tarifada que hay en el exterior. Esa actividad ni siquiera produce cagajón, como se dice en criollo…

El presidente Obama cree que se la está comiendo en política exterior: su actuación en Siria es deplorable. Quedó al descubierto su conexión con el Estado Islámico, lo cual confirma su papel desestabilizador en la región. La votación en la ONU sobre el bloqueo a Cuba comprobó la hipocresía que deja mal parada su imagen presidencial. Una mayoría abrumadora condenó el bloqueo y EEUU se quedó solo con Israel. Lo grotesco del caso es que, mientras Obama reanuda relaciones con el gobierno cubano, en la ONU mantiene su apoyo a una política que él mismo calificó de desacertada: el bloqueo a la isla…

Igual con Venezuela. Dice que aspira a mejorar las relaciones, pero dicta un decreto considerando a Venezuela amenaza para la seguridad de EEUU. Se abre a normalizar relaciones, pero no le da el placet al embajador propuesto por el presidente Maduro, y en ese mismo contexto pone a sus jefes militares, del Pentágono y del Comando Sur, a amenazarnos. ¿Quién lo entiende? Un manual de contradicciones…

¿Llegará unida la MUD al 6D? Por los vientos que soplan quién sabe…

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