Opinión

Autor: Carola Chávez

10:55 am
11
May
2015

Una vez, mirando al mar, Augusto me dijo: “A veces pienso que no es malo tener enfisema. A lo mejor, si estuviera sano, andaría por ahí como un bolsa haciendo vainas de viejo, como esos que se van a un crucero y hacen bailoterapia en la cubierta con otro poco de viejos que nunca hicieron y ni volverán a hacer ejercicio ni un carajo. Yo viví todo lo que tenía que vivir…”. Augusto había encontrado la manera de burlarse de su destino.

Intensamente desafió a la muerte y le robó un montón de años de vida. Intensamente escribía ocho columnas de prensa semanales desde su ventana con vista al mar inmenso. Su vozarrón intenso volaba por toda Margarita metiéndose en nuestras casas todos los mediodías. Augusto jugaba con las palabras y jugaba muy en serio.

Durante cinco años tuve la intensa felicidad de hacer su programa con él. Yo llegaba a su casa temprano y lo encontraba sentado frente a su computadora, ya lista su columna de mañana, ya listo el programa con recortes de noticias de medio mundo. Augusto me recibía siempre con una sonrisa y ese brillo que sus ojos siempre me dedicaron. Con papelón con limón nos sentábamos a morir de la risa antes, durante y después del programa. Esto no puede llamarse trabajo, le decía, era demasiada gozadera.

Cinco años sin pausa, Augusto no hacía vacaciones: “La radio es constancia”, me decía, y siempre que salíamos al aire de lunes a viernes, y si eran feriados mejor, porque “así la gente que vino a vacacionar en la isla también nos puede oír”. Y así fue como celebramos nuestros cumpleaños al aire, Augusto con su vozarrón cantando rancheras y yo con mi voz de pollo lo acompañaba. Los sábados y domingos me llamaba varias veces al día y conversábamos como si estuviéramos haciendo el programa. Augusto era incansable.

El Día de los Inocentes dijo que tomaríamos una semana de vacaciones, y en el aire anunció que yo partiría a una nueva tarea: Carola se va a VTV a hacer un nuevo programa: Tumbando y capando, inventó augustamente. Yo le seguí la broma y se nos olvidó desmentirla. Augusto se fue dos días antes de nuestro regreso al aire. En su funeral, todos tristísimos, a la vez me consolaban y felicitaban por mi nueva misión televisiva. ¡Augusto y sus vainas que no me dejan lloran sin ahogarme de la risa!

 

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