Opinión

Autor: Maryclen Stelling

12:54 pm
31
Ago
2015

Niveles de inseguridad, escalada de crímenes y colapso de los organismos de seguridad; desmembramientos, plagios, sicariato y paramilitarismo; subasta de asesinatos, hampa organizada con fines políticos y “policías que fusilan”; conmoción social, caos y cultura de la muerte; impunidad, corrupción y violación de los derechos humanos; crisis humanitaria, crisis económica y una “escasez que instiga conductas violentas”; “la inflación más alta del mundo”, desabastecimiento, bachaqueo, colas y caída del precio del petróleo… Son las constantes del bombardeo noticioso al cual está sometida la ciudadanía.

Se observa el uso constante del miedo y el terror en la construcción de la noticia. El miedo, emoción caracterizada por una intensa sensación desagradable provocada por un peligro real o supuesto. El terror, sentimiento de miedo en grado máximo y, el pánico, un miedo sin fundamento, colectivo y descontrolado. Hay quienes afirman que terror y el pánico pueden fungir de poder multiplicador de violencia fundiendo y confundiendo las dimensiones físicas, mentales y simbólicas de esta.

Recientemente, la encuestadora Hinterlaces alertó sobre el incremento de los indicadores negativos del clima socioemocional venezolano. Afirma que tales sentimientos “tienen mayor fuerza que los positivos, y su intensificación puede generar desbordamientos y desesperación”.

La manipulación del miedo y sus gradaciones -pavor, terror, pánico- puede ser un arma de dominación política y de control social. De allí que se denuncie una “campaña de desestabilización emocional y neurotización contra la sociedad venezolana” que habría logrado “sobredimensionar la crisis y avivar el descontento, acentuar la angustia y la incertidumbre colectiva, estimulando tanto un voto neurótico futuro como también una ruptura social violenta”.

El terror se apoya en el miedo y rápidamente traspasa la esfera subjetiva para alcanzar el orden societal y convertirse en un fenómeno colectivo. Una vez instalado, fragmenta el tejido social, horada la convivencia, limita la solidaridad y hace de la violencia -vivida, percibida y temida- un elemento de la cotidianidad.

Además de medidas concretas de orden económico y social, urge una estrategia que confronte desde la verdad la campaña de miedo, terror y violencia.

 

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