Opinión

Autor: Carola Chávez

10:03 am
05
Ago
2015

Casi nadie regala libros. Es que hay teléfonos celulares que sirven para todo, hasta para hablar por teléfono. Hay videojuegos que te dejan ser asesino por un rato para luego volver a ser una buena persona como si nada. Hay zapatos perecederos, que si no los regalas hoy, mañana estarán pasados de moda. Hay lentes de sol que cuestan un ojo de la cara. Hay anillos de diamantes para sacarlos de la caja, mirarlos, suspirar y apagar su brillo dentro de una caja de seguridad en algún banco. Hay relojes carísimos aunque solo dan la hora.

Hay bombones que se comen en ocasiones especiales que nunca parecen llegar.

Hay corbatas para papá, a quien nunca sabemos qué darle. Hay perfumes para que mamá huela como señora de al lado.

Hay juguetes que juegan solos mientras los niños los miran queriendo jugar. Hay muñecas con tetas imposibles para futuras adictas a las siliconas. Hay pistolas de colores que disparan con sus balas de goma la horrenda mentira de que las armas pueden ser juguetes inofensivos.

Millones de regalos hechos para nadie en particular y que todos compran pensando en “ese alguien tan especial”.

Toneladas de regalos que al cabo de nada serán objetos caducos ocupando espacio en las gavetas y en el recuerdo, hasta que se olvidan debajo de otro regalo de alguna otra ocasión…

Y hay libros: el regalo más bonito y menos regalado.

Será porque el papel es solo papel. Será porque no tienen diamantes de bisutería incrustados en ninguna parte. Será porque no hay marcas buenas sino buenos autores. Será que se pueden comprar por menos de lo que cuesta un paquetico de chicle bomba. Será que no te lo puedes colgar como un collar para matar de la envidia a todos en una fiesta. Será porque no huelen a rosas de la china con sándalo y cáscara de limón a menos que lo leas. Será porque no pasan de moda y en la moda solo vale lo que un día cercano dejará de estar de moda.

Yo no quiero estar a la moda, yo no quiero bisutería, yo no quiero tacones que duelan mientras se marchitan en mis pies, no quiero matar a nadie en una tele pantalla plana. No quiero perfumes que no huelan a mí. No quiero lentes de sol que tapen mis patas de gallo de lectora miope.

Solo quiero un libro de alguien que mientras escribía, aun sin saberlo, estaba pensando en mí.

 

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