01
Feb
2011

Ezequiel Zamora

Una historia absurda rodea los restos del general Ezequiel Zamora. El 23 de septiembre de 1868, Desiderio Escobar -quien había sido su edecán- y Ramón García -uno de sus oficiales- publicaron una carta en el periódico El Federalista en la que declaraban que habían exhumado los restos de su antiguo comandante de la tumba en la que yacían en San Carlos.

Meses después, el 26 de febrero de 1869, el presidente encargado de la República de Venezuela, Guillermo Tell Villegas, dictó un decreto que ordenaba trasladar esos restos a Caracas, que ya habían llegado a La Victoria el 24 de febrero de ese mismo año.

Sin embargo, en 1872, otro presidente, Antonio Guzmán Blanco, se trasladó personalmente hasta la tumba de Zamora en San Carlos con una comitiva y procedió a desenterrar el cadáver, que envió a Puerto Cabello para que desde allí fueran conducidos a Caracas. El hecho público y notorio de que cuatro años antes, Escobar y García se le habían adelantado, lo tenía sin cuidado.

Así, el 11 de septiembre de ese año, los “nuevos” restos de Zamora arribaron a La Guaira. Desde allí fueron trasladados a Caracas, en cumplimiento de un decreto presidencial fechado el día 10.

¿UN HOMBRE CON DOS CADÁVERES?

Está claro que Guzmán Blanco nunca dio crédito al testimonio de Desiderio Escobar y Ramón Gracía. Además, él mismo había enterrado a Ezequiel Zamora en San Carlos, quien estaba a su lado cuando un francotirador le asestó un balazo en un ojo, el 10 de enero de 1860.

La inhumación del cuerpo se hizo en secreto, según él, para evitar que la noticia desmoralizara a la tropa en un momento determinante para el triunfo de las fuerzas federalistas.

Nadie podía rebatirle a Guzmán Blanco su conocimiento del lugar exacto de la tumba, que por doce años se había reservado. Sin embargo, no era fácil desmentir a Escobar y a García, ya que ellos también acompañaron a Zamora hasta su último suspiro, y participaron en su entierro.

Además, desde el mismo momento en que se supo que habían asesinado al Héroe de Santa Inés, mucha gente acusó a Guzmán de haberlo llevado a una trampa. Y ahora no le iban a creer que estuviera diciendo la verdad.

Lo cierto es que el 13 de septiembre de 1872, a las 8:00 am, un cañonazo estremeció a Caracas para anunciar que los restos que Guzmán aseguraban eran de Zamora, iniciaban su marcha final hasta la Iglesia de la Santísima Trinidad, que sería declarada Panteón Nacional en 1874.

Ese día también ingresaron al recinto los restos de Manuel Ezequiel Bruzual y de José Gregorio Monagas. La elevación del Valiente Ciudadano al Altar de la Patria, puede haber atenuado en algo las sospechas que se cernían sobre Guzmán Blanco, pero no apagó la polémica sobre la autenticidad del cuerpo al que ahora se le rendían honores.

Años más tarde, el presidente Joaquín Crespo, en mayo de 1884 retomó el caso, y le encomendó al historiador y militar retirado Manuel Landaeta Rosales recuperar los restos exhumados por Desiderio Escobar y Ramón García, que se hallaban en Los Teques.

En una curiosa muestra de pragmatismo salomónico, Crespo pensaba preservar en el Panteón los restos que llevó Guzmán al lado de los que Escobar y García habían recuperado en San Carlos. Su razonamiento era que como “uno de los restos tenían que ser los auténticos”, se lograría el “contentamiento de todos los partidos”. Así está registrado en un informe de Landaeta Rosales cedido al Correo del Orinoco por el profesor Manuel Monasterios, miembro de la Academia de la Historia del estado Miranda.

UN ENIGMA NO RESUELTO

El profesor Monasterios explicó que el cortejo con los restos exhumados por los oficiales de Zamora hizo un alto en Los Teques, donde permanecerían por un tiempo para que el pueblo pudiera rendirles tributo. “Pero en Caracas el clima político era muy inestable. Ya Guzmán Blanco estaba moviéndose para tomar el poder. Después hubo disturbios, vino la llamada Revolución de abril. Me imagino que en vista de eso, prefirieron esperar”.

El desenlace de las revueltas políticas a las que se refiere Monasterios fue la asunción la poder de Guzmán Blanco, quien nunca aclaró del todo las circunstancias de la muerte de Zamora, que los zamorianos le achacaban.

Además, hay testimonios de que persiguió a Emilio Navarro, Higinio de Bustos y Prudencio Vaśquez, “testigos presenciales del hecho y militares fieles a Zamora”, quienes “aseguraron ser víctimas de persecuciones por parte de Guzmán Blanco para que no revelaran aquel secreto”, (Revista Memorias n°1, ene-feb 2008).

Por eso Crespo asumió aquella diatriba como un asunto de Estado. Cerrar aquellas heridas era, al mismo tiempo, una deuda con el pueblo y una forma de bajar las tensiones que ese tema desataba.

Su plan, no obstante, habría de fracasar, pues los restos que estaban en Los Teques desaparecieron. Landaeta Rosales estuvo en la iglesia San Juan Bautista de la capital mirandina y constató que los restos estaban allí, señala Monasterios.

Monasterios advierte que el relato del historiador no es del todo claro, “no dice, por ejemplo, si ordenó abrir una urna expuesta en la capilla o si tuvieron que desenterrarla”. En todo caso, el acta que hizo levantar ese día, y cuya transcripción nos ha hecho legar el profesor es  elocuente. En el texto se citan las palabras del “Capellán Mayor del Ejército Reconquistador Nacional, presbítero doctor Berardo P. S. Larrain”, presente en el acto “por disposición del Ilustrísimo y Reverendísimo Señor Arzobispo de Caracas y Venezuela”, quien pronunció las siguientes palabras:

“ Fijad una mirada imparcial e inteligente sobre el montón de cenizas descuadernadas que contiene ese pequeño asilo (…) las que dentro de muy breves días, trasladadas en otro de mejor condición podréis juzgarlas a la altura del honor y recompensa que ellas merecen”.

A esto, la encendida retórica del sacerdote agrega una conclusión categórica: “Por fin, señores, registrad ese árido y descarnado cráneo, y los veréis traspasado de un balazo, y al través de la fisonomía de la materia y de la nada nos revela la imagen del esclarecido general en Jefe Ezequiel Zamora! Sí, ella es, no lo dudéis…”

Landaeta Rosales regresó a Caracas a preparar la recuperación de los restos. Pero cuando regresó, meses después, ya no estaban allí. El texto al que tuvimos acceso no ahonda en detalles sobre esta extraña desaparición. ¿Qué ocurrió? Hasta el día de hoy, no hay respuesta a esta pregunta.

Años antes más tarde, el sabio Lisandro Alvarado, autor de una importante obra sobre la Guerra federal, se interesó en el misterio del destino final del cadáver  de Zamora.

Su amigo José Gil Fortoul, otra gran figura de las ciencias sociales  le dio una opinión categórica al respecto, en una carta del 4 de septiembre de 1904:  “Que Guzmán, hombre previsor y planes a largo plazo, desease la muerte del caudillo, es cosa verosímil, o suposición plausiva. Pero para creer que fue autor o cómplice, se necesitan pruebas mejores que las alusivas hasta ahora. Respecto de los restos llevados al panteón, puede ya afirmarse rotundamente que son falsos”.

¿Qué ocurrió entonces con los “verdaderos”? Hasta el día de hoy, no hay respuesta a esta pregunta.

OLVIDO INTENCIONAL

El profesor Monasterios piensa que la discusión sobre la autenticidad de los restos de Ezequiel Zamora que reposan en el Panteón Nacional se debe a que, lejos de ser honrado por los gobiernos de la Federación, y los que siguieron, fue marginado: “Fíjese que la estatua que está hoy en Cúa, fue colocada por Guzmán Blanco en la Plaza de Abril, donde hoy está la plaza Capuchinos, que era un lugar periférico. No la puso en un lugar central, en el sitial de honor que le correspondía. Después Pérez Jiménez la trasladó” para la ciudad natal del líder del ejército popular de hombres libres.

A esto, el historiador Néstor Castro agrega que los gobiernos de la Cuarta República terminaron de opacar su figura. No había interés en mantener viva la memoria de un hombre que encabezó una revolución social real.

En su opinión, debería nombrarse una comisión para esclarecer el caso. “Zamora es tan importante para el proceso de cambio que estamos viviendo como lo son Bolívar y Rodríguez”, asevera, en alusión al Árbol de las Tres Raíces que sintetiza a la Revolución Bolivariana.

IMPORTANTE HALLAZGO HISTORICO*

Desde principios de 1894 hasta mediados de 1893, sostuve por la prensa de Caracas (El Tiempo y otros periódicos) la ruidosa controversia sobre los restos mortales del general I Zamora…

En mayo de 1894 el general Crespo, Presidente entonces (..) y admirador de las glorias de Zamora e interesado la controversia por todo lo que veía escrito, me ordenó solicitara en Los Teques los restos traídos allí en 1869 (…) fui personalmente a Los Teques, el domingo 3 de junio siguiente, y obtuve (…) las contestaciones (…) es decir, la constancia de existir allí los restos del general Ezequiel Zamora traídos en 1869, los cuales vi, y ocurrí luego al cura y Vicario del presbítero doctor Jesús María Ornes Mota y le manifesté lo que pasaba, para que se conservarán aquellos restos, mientras el gobierno tomaba cartas en el asunto y resolvía lo conveniente.

El plan del general Crespo era muy sencillo: “reunir en el Panteón los restos que estaban allí depositados como de Zamora y los que los azules trajeron en 1869 de San Carlos, que estaban en Los Teques”, y con aquello quedaba resuelto el punto a contentamiento de todos los partidos; pues uno de los restos tenían que ser los auténticos; y con dicha operación terminaba la controversia.

Con aquel hallazgo mío en Los Teques, se pusieron en movimiento, todos los empeñados en hacer que los restos del Panteón fueran los verdaderos y les salí al encuentro y vencí una vez más.

Volví meses después a Los Teques y no encontré los restos.

Manuel Landaeta Rosales
*Fragmentos de texto publicado en Caracas el 30 de agosto de 1919.

TESTMONIO DEL CAPELLÁN BERARDO P. S. LARRAIN*

A los diecinueve de abril de mil ochocientos sesenta y nueve, como a las seis de la tarde, reunido en la iglesia parroquial de Los Teques un lucido número de vecinos notables de la población, invitados por las autoridades eclesiásticas y civil, con el fin de presenciar el religioso ceremonial que debía hacerse al entregar los ilustres y venerandos restos del finado general Ezequiel Zamora, el honorable capellán mayor del Ejército Reconquistador Nacional, presbítero doctor Berardo P. S. Larrain, por disposición del Ilustrísimo y Reverendísimo Señor Arzobispo de Caracas y Venezuela, el venerable cura y vicario de Los Teques, tuvo lugar el acto siguiente: El expresado presbítero doctor Larrain, discurriendo al efecto indicado, previa lectura de las notas que habían precedido a dicho acto, dijo: “Señores, impuestos como estáis ya del respetuoso objeto con que se os ha invitado a este augusto recinto (…) ¡Levantaos, pues, señores, acercaos a esa urna funeraria. . .! fijad una mirada imparcial e inteligente sobre el montón de cenizas descuadernadas que contiene ese pequeño asilo, que labrara provisoriamente sobre su prolongado y culpable olvido, la gratitud de sus amigos y compatriotas, las que dentro de muy breves días, trasladadas en otro de mejor condición podréis juzgarlas a la altura del honor y recompensa que ellas merecen. Mientras tanto ellas son las reliquias de un valiente venezolano, de un soldado, fiel intérprete de sus deberes, y de un General cuya independiente memoria aún respeta el temor de los que venció. . . Por fin, señores, registrad ese árido y descarnado cráneo, y los veréis traspasado de un balazo, y al través de la fisonomía de la materia y de la nada nos revela la imagen del esclarecido general en Jefe Ezequiel Zamora! Sí, ella es, no lo dudéis…”

*Fragmento del acta de entrega de los restos de Zamora a la Iglesia de Los Teques, 19 de abril de 1869.

Fuente: Correo del Orinoco
 

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